La historia del agujero sinuoso se remonta al año 2003, en el que yo todavía estudiaba en el inocente curso de primero. En aquel momento, el colegio no pasaba su mejor momento (en lo que al tipo de alumnado se refiere), ya que los alumnos eran unos gamberros.
        Los profesores estaban aterrorizados por sus propios alumnos, debido a que recibían constantes amenazas del alumnado más adulto. Un día un profesor le plantó cara al alumno que no debía, Iñigo Corrales. Iñigo cogió al profesor cuando este se acercaba al baño, le agarró y tras una puñalada en el hígado le tapó la herida con un trapo y le metió en el cuarto de los balones, mientras repetía que esa tarde iría a deshacerse del cuerpo sin vida del profesor. Nadie vio esa escena excepto un alumno rezagado que se había quedado en el baño por un apretón, yo.
        Al salir de clase llamé a mi madre y le dije que me quedaría en el colegio para estudiar, pero lo que en verdad quería era ver al asesino en acción. Me escondí en los vestuarios contiguos al cuarto de balones, en el que el cuerpo sin vida esperaba su aun no decidido final. El asesino aprovechó las obras en el suelo de una clase para enterrar al infortunado profesor. Tras un rito satánico el asesino cogió una broca del ocho y le perforó la cabeza, la que fríamente le dejó en la mano fría y rígida, sin vida.
        Después de este acto el asesino se suicidó tirándose de cabeza desde el pico de Cavia al pozo, donde la policía pensó que había arrojado el cuerpo del profesor primero. Desde entonces, aparecen marcas en el suelo que parecen marcas circulares de humedad, pero yo sé que tras esos agujeros hay algo más de lo que piensan.